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Críticas

  EL SEPTIMO SELLO. La humana trascendencia  

The Seventh Seal

 Pocas películas permanecen en la historia del cine con la profundidad y el bagaje espiritual de El Séptimo Sello (Det sjunde inseglet. Ingmar Bergman. 1957. Pocas recogen la inquietud, el desasosiego y las interrogaciones del ser humano como esta obra señera del director sueco. La muerte constituye uno de los arquetipos primarios para el ser humano. No en vano, es la culminación (o la desaparición) de la existencia. Una pregunta fundamental ante la que no tenemos respuestas. Tan solo teorías y creencias. Personalizar La Parca, supone desarrollar esa capacidad humana de la creación, una capacidad que le permite enfrentarse de soslayo a sus temores primordiales con el envoltorio del arte.

 

“Al abrir el Séptimo sello, se hizo el silencio”

                                                                              (Apocalipsis 8:1-5)

El relato está narrado de acuerdo a las convenciones de la época. La verosimilitud histórica es certera. El acercamiento a los personajes los dota de carnalidad y fidelidad a las formas de pensamiento de aquella época oscura. Todo el montaje, ambientación y recursos cinematográficos constituyen un verdadero ensayo de un período histórico y sus circunstancias. El protagonista Antonio Block es reflejo de las inquietudes  primordiales del ser humano, de sus postrimerías, de su ansia existencial, de la perdida de la fe. Y, en definitiva, de la aceptación final.

El Séptimo Sello

Ese aura de predestinación (el caballero conoce que danzará con la muerte lo desee o no), impregna un film de vocación expresionista, que no desdeña la picaresca, lo onírico en la narración o el realismo más impactante.

Bergman explora los rostros con su habitual bisturí cinematográfico, coquetea con destreza con el flashback, introduce el sueño con el protagonista como personaje y a la vez espectador. Un juego de espejos genial y certero. Una tragicomedia, metáfora de la existencia humana. El gran teatro del mundo.

La intención de la partida (inspirada en Albertus Pictor) del hombre contra la muerte no es, obviamente, la victoria final. Se trata de una pugna donde el aprendizaje es el objetivo, donde cada movimiento sobre el tablero únicamente conduce a la sabiduría. Al encuentro de un sentido que se vuelve esquivo y lejano.

La escena final es magistral. La danza de la muerte, alejándose, acompañada de los muertos, el soberbio cielo, el son de los tambores, el susurro del mar. La tragicomedia del mundo, representada en la familia que sobrevive. La efímera victoria sobre la muerte y el continuar de la partida en un eterno flujo y reflujo. Una confrontación, cuyo final profetizado, no significa rendición. No significa vasallaje.

Partida de Ajedrez. El Séptimo Sello

El juego de blanco y negro es soberbio. La luz y la oscuridad representadas en los escaques del tablero, el caballo negro que cruza la escena, el ave que vuela. La alternancia entre la vida  y la muerte. Entre la luz y la oscuridad. Metáfora certera y hermosa de la humana condición bajo la influencia indiscutible de Val Lewton y James Whale.

Aunque camuflado tras la imaginería del medioevo, este drama es connatural al hombre de todas las épocas. La estética no es más que un modo de sublimar el abismo. El humor, una victoria cotidiana frente al miedo. El discurso, una mera excusa para presentar los temores fundamentales del hombre desde el principio de los  tiempos: la fe, el pecado, el bien y el mal, la frontera de la muerte.

Todos los personajes son arquetipos que representan diversas facetas del ser humano. La traición, el escepticismo, la inocencia, el chivo expiatorio, el engaño y el desengaño…

El Séptimo Sello.

Los diálogos son sublimes. Estilemas del autor, profundas reflexiones donde vierte sus propias inquietudes y vivencias, disfrazadas con una plasticidad suprema, escondidas tras la apariencia de un espectáculo visual apabullante.

Antonius Block teme su propio Dies Irae. El personaje de Max Von Sydow es un compendio de las preguntas de la humanidad. A través de este espejo, en glorioso blanco y negro, se muestran fanáticos flagelantes, cruzados desnortados, juglares que subliman el miedo con el humor, frailes y brujas, árboles desnudos, rocas y parajes desoladores.

La banda sonora está compuesta por Eric Nordgren que utiliza instrumentos de la época. Encontramos composiciones del nivel de “Det sitter es duva”, “Odet ar es rackare”, “Skats sane, con esa soberbia culminación del Dies Irae, el himno latino del siglo XIII, atribuido al franciscano Tomas de Celano. La paleta aplicada por el compositor navega desde coros femeninos, pasando  por lo descriptivo, hasta instantes de profunda religiosidad. También juega con el costumbrismo, utilizando un oboe y el canturreo de los protagonistas. El compositor mistura los registros dramáticos y graves con la luminosidad de los agudos. El equilibrio entre contenido y partitura es magistral.

Esos sonidos de la trompeta que llama a los muertos, son una de las más profundas reflexiones filosóficas de la historia del cine. Y de la humanidad.

“Día de la ira aquel día

 

en que los siglos

 

se reduzcan a cenizas

 

como testigos el Rey David y la Sibila”

 

“Cuanto terror habrá en el futuro

 

cuando el juez haya de venir

 

a juzgar todo estrictamente”

La Muerte. El Séptimo Sello

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